Capítulo 4: El ahogado de ojos rojos

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De haber sabido los acontecimientos que se desencadenarían desde el momento que dejó el Casco Central de la ciudad, Robin habría pensado dos veces dejar su equipaje en la posada. Luego de preguntar a varias personas en la Academia, averiguó que tal vez podría tener acceso al Grimorio luego de las pruebas para Legionario, bajo supervisión del bibliotecario. Como ya no tenía nada más pendiente, considero que lo mejor era buscar donde pasar la noche.

Dentro de las murallas de Rom vivía la clase alta, los comerciantes, oficiales de la Legión y la nobleza; no tardó en darse cuenta que no dejaron espacio para nadie más. Para salir del casco central a pie había cuatro accesos; dos de ellos cruzaban el río, los cuatro estaban resguardados por torres de vigilancia y contaban con portones elevadizos de hierro forjado. Robin atravesó el portón Este.

Si la parte alta de Rom tenía una atmosfera de ciudad fortificada, dura, solemne, digna; la parte baja era todo lo contrario. Desde el momento en que cruzó, sintió como el aire a su alrededor se hacía más ligero, libre y fácil de respirar; como si el mundo sin murallas fuera más cálido, más vibrante. Los transeúntes iban en todas direcciones, envueltos en una cacofonía de risas, gritos, conversaciones revueltas y ofertas pregonadas por los encargados de las tiendas y tarantines. La gente se ocupaba de sus asuntos sin prestar demasiada atención a lo que hacían los demás, pero disculpándose si tropezaban con alguien. Mujeres de blusa y falda modestas llevaban canastas para comprar los ingredientes para la cena de la noche, hombres se agrupaban en las esquinas para intercambiar bromas, compartir tragos o jugar a los dados donde no estorbaran a nadie; cardúmenes de niños corrían por el mar de piernas de la calle como salmones nadando río arriba. Por suerte para Robin, la algarabía solo duraba lo que tardara en pasar por el mercado.

Gracias otra vez a las indicaciones y a las migas de pan que iba dejando el bullicio de la música y los borrachos, llegó a distrito de las posadas. Se notaba que las pruebas de Legionarios eran un evento en Rom: todos los alojamientos estaban repletos. Desde hacía una semana miles de hombres, sus familias y amigos se adueñaron de la ciudad. No tardaron en llegar a la saga los vendedores ambulantes, las acompañantes, los músicos itinerantes y los espectáculos callejeros. En resumidas cuentas, las cuatro cuadras que formaban el barrio llevaban siete días en un estado de parranda permanente.

No era de extrañar, en consecuencia, que Robin no encontrara una habitación disponible. Tuvo que tocar todas las puertas, solo para encontrar negativas y el escándalo de quienes hacían brindis por los futuros Legionarios. Menos excusa se necesita a la hora de ponerse a beber. No fue hasta que la noche amenazaba con caer, cuando ya se resignaba a tener que dormir en una banca, que el posadero del último lugar de la lista le dio una respuesta diferente:

—No puedo dejar que una señorita pase la noche en la calle, en especial con los tiempos que corren —dijo, mientras entregaba una bandeja con tarros de cerveza a una camarera—. Tengo un cuarto, está alquilado para el resto de la semana, pero nadie lo ha usado desde anteayer ni han reclamado el equipaje. Eso suele pasar: gente que viene y se va sin decirle a nadie. Y cuando llega la temporada de la prueba de Legionarios es como si la ciudad entrara en ebullición.

Un grito en particular fuerte rompió el aire, seguido de cerca de un puñado de risas igual de potentes:

—No te extrañe que comiencen a lanzar sillas de la nada, solo para contentarse a los cinco minutos; a veces quisiera sacarlos a patadas, a todos ellos, pero de algo hay que vivir —comentó el hombre, escupió en el suelo—. En fin, es el cuarto número tres; sube las escaleras y todo a la izquierda.

Le entregó una llama y volvió al ajetreo de su negocio.

En contraste con el bullicio de la planta baja, al subir la escalera, Robin se topó con un silencio reconfortante. Su habitación estaba marcada con un número en la puerta. Tenía una mesita en una esquina, una cama al fondo y una ventana por la cual entraba la brisa. A primera vista parecía una habitación desocupada, pero al entrar Robin se dio cuenta que sobre la cama había una bolsa de piel. Dejó su valija sobre la mesa. Se tiró en la cama de espalda, olía a sábanas recién cambiadas. Tomó la bolsa de piel. “Debería dársela al encargado, por si alguien la reclama”, pensó Robin.

A través de la piel sintió algo cuadrado. Puso la bolsa en la mesa. Sacó de su maleta un monedero de cuero. Tenía hambre, pero no quería lidiar con el barullo de planta baja. Cerró su maleta. Lo ojos orbitaban sobre la bolsa. Se dirigió a la puerta. No pudo resistirlo más. Abrió la bolsa de piel.

—Soy débil, lo reconozco —pensó en voz alta.

Aparte de unas camisas viejas, lo único que había en la bolsa era un cuaderno usado. Robin volvió a sentarse en la cama y revisó el cuaderno: era una especie de diario, tenía dos nombres en la primera página. Hojeó el diario (“interesante”, pensó), pero lo dejó a un lado al poco tiempo. El hambre apremiaba.

—Procura no estar muy de noche en la calle —le dijo el encargado de la posaba al verla bajar por las escaleras.

—¿Por qué?

—Hace poco intentaron robar la Academia. Hasta donde se sabe, no se llevaron nada, solo rompieron algunos vitrales. Desde entonces los Legionarios son más estrictos con la seguridad. Se han llevado a más de uno preso por estar en la calle a horas indebidas.

Luego de cenar en un restaurante menos escandaloso, a Robin le provocó pasear por allí. Lo bueno de que lo locos estuviera sueltos por Rom, era que la ciudad se impregnaba de un aire festivo. Sin importar donde estuviera, sonaba la música, la gente sonreía, los niños corrían y con quienes se topaba la saludaban con amabilidad. En una plaza cerca de la entrada norte del casco central de  la ciudad estaban realizando un baile al aire libre. La gente se reunía junto a la banda, las parejas disfrutaban de la atmosfera acaramelada, las familias pululaban alegres. Y había también un puesto de manzanas con caramelo, con esto último se ganaron a Robin. Se unió a la escuadra de baile a las primeras de cambio, con esa cálida nostalgia por los bailes de la villa.

Cuando se cansó fue a una plaza a una cuadra de distancia, cerca del puente norte de la ciudad. Se sentó en un banquillo, siguiendo el ritmo de la música con el pie. Unos niños jugaban pelota, la gente iba y venía por el puente, otros solo se quedaban viendo el manso fluir del río desde la baranda. Estaba cansada, pero al ver a los niños le dieron ganas de acompañarlos. El sujeto recostado en la baranda miró a los lados, parecía nervioso. Robin se levantó. No podía ser cierto. ¿Por qué nadie se daba cuenta? Se subió a la baranda. Robin escuchó un grito, quizás fuera suyo. El hombre se tiró del puente.

Robin se lanzó hacia el puente, antes de que se diera cuenta estaba al lado el hombre, en caída libre a la oscuridad del río. No sentía las piernas. Estiró la mano, el sujeto la tomó.

No había tiempo, tendría que usar la mano libre para disminuir la caída. Antes de que pudiera hacer algo, el hombre la atrajo a su pecho. Se giró, su espalda fue lo primero en golpear la superficie. Robin perdió el aliento, el agua helada le hizo tiritar. A duras penas consiguió mantenerse a flote. El hombre estaba a dos metros de él, la cabeza sumergida, una mancha carmesí lo envolvía.

—No, no, no —tartamudeó, los dientes le castañeaban por el frío.

Braceó como mejor pudo y alcanzó al cuerpo inerte, lo tomó por la manga de la levita. Y como si hubiera accionado un interruptor, el cuerpo se agitó en el agua. Arrastró a Robin, que casi ya no tenía fuerzas. Muy cansada, demasiado frío. Cerró los ojos. Usó demasiada magia. El agua le cubrió la cara.

Tirada por el cuello de la túnica, Robin sintió elevarse por los aires, ligera como una muñeca de trapo. Escuchó agua vestirse a su lado y un cuerpo que se depositaba a su lado. Abrió los ojos.

—¡Mamá!­ —sonó un gritó medio ahogado. Un niño peleaba por levantarse al lado de Robin. Una mujer se acercó hacia ellos y cargó al niño entre llantos.

—Gracias a los Eternos estás bien —lloró la mujer, que apretaba a su hijo tan fuerte que le hacía daño—. No sé cómo agradecerles.

Del río salió un hombre de cabello negro azabache y piel pálida. La madre dio un paso atrás, le temblaba el labio. Se alejó a buen paso, cubriendo la cara del niño en su pecho.

La noche iniciaba su reinado, borrando de la faz de la tierra los últimos rayos de sol moribundo, rojizo. El hombre se sentó en la orilla, miró a Robin. En su frente había un corte profundo, del cual manaba sangre. Asustada, Robin se acercó para tratar de limpiar la herida, pero el hombre la tomó por las muñecas.

—Media hora más temprano y no la cuento —dijo. Robin se echó para atrás—. Deberías dejar de hacer cosas tan peligrosas.

La noche, madre de la muerte y demás misterios, se hacía presente; la luz del sol, roja, se diluía en el agua como la sangre recién derramada en el río. El hombre de levantó. Con el rostro desencajado, Robin le miró limpiarse el corté en la frente con el dorso de la mano: la herida se estaba cerrando. La oscuridad es hizo total. La noche ya estaba aquí. Y a medida que las sombras se hacían más densas, los ojos del hombre se tornaban cada vez más rojos.

—Ahora dime, señorita maga —el hombre sonrió, dejando al descubierto unos colmillos alargados— ¿Qué harás para remediarlo?

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