Capítulo 2: Nueve años después

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—Quince minutos para llegar a la estación, prevenidos —escuchó decir al boletero.

Por fin Rom estaba ante él. Lo más lejos que nunca estuvo de casa, todavía le parecía algo increíble el como una pequeña acción, ir a comprar un boleto de tren y guardar tus cosas en una maleta, puede cambiar el rumbo de toda una vida. Coby sonrió de soslayo. Miró por la ventana del vagón, todavía sorprendido por como la campiña de su infancia se transformó en una nueva forma de verde, con árboles que no reconocía en un clima diferente.

Escuchó un ronquido, lo ignoró. Estaba demasiado excitado por las posibilidades que se le abrían de ahora en adelante como para distraerse en compañías indeseadas. Ella abordó en la estación anterior, y desde que se subió al vagón dormía, atravesaba en la butaca frente a él.

Aunque el pudor le prohibía quedársele viendo, notó que era más bien de baja estatura y menuda, por la forma en que el abrigo que usaba de cobertor se amoldaba a su figura. Llevaba una cinta de tela sobre la frente, que con los movimientos del entresueño se le había caído. Su corto cabello castaño le llegaba a los hombros, rizado. Cada pocos minutos Coby apartaba la mirada de la ventana para posarla en ella, solo para darse cuenta de lo que hacía y volver al paisaje distante.

­—Oye, despierta, vamos a llegar a la estación —dijo Coby al ver en el horizonte la ciudad aproximándose.

Tuvo que moverla por los hombros para que reaccionara. Sus grandes ojos negros, que se volvían cafés cuando les daba el sol de lleno, se abrieron de golpe, le miraron con una profundidad que sintió que le estaba atravesando la carne.

Coby volvió a su asiento, abochornado sin saber por qué. Clavó la mirada en el cristal con más fuerza que nunca. Aun así, por el rabillo del ojo vio como ella estiraba los brazos sobre la cabeza y se desperezaba.

—Gracias por avisarme —bostezó. Se acomodó la cinta para el cabello y se desarropó. Llevaba unas botas altas y un pantalón caqui de los que usan los jinetes, y encima de su blusa traína un chaleco café. “Para nada el atuendo de una señorita, obviamente”, pensó Coby mientras fingía no verla acomodar la cinta de su cabello. Solo traía consigo una valija gastada por el uso. Se puso el abrigo negro sobre los hombros, como si fuera una especie de capa.

—¿Por qué usas así ese abrigo? —preguntó Coby sin darse cuenta que podría estar hablando de más.

—Las mangas son muy largas para mí —contestó la muchacha de inmediato, sonrió—. Y para tu información, no es un abrigo, es una túnica.

Dada por concluida la conversación, la muchacha se acercó a la ventana, tocó el vidrio con la mano.

—También es tu primera vez lejos de casa, ¿cierto? —Coby se adelantó en su asiento, se inclinó hacia adelante.

—¿Es tan obvio? —otra vez esa sonrisa.

Y con esa complicidad de quienes se alejan de su patria, se distendió la conversación. Resultaba que la muchacha se llamaba Robin y venía de Isla Corona, al sur de Sablie. Era una maga buscando pistas algo así como la magia de todas las magias. En realidad Coby no entendía la mayoría de lo que decía, pero hablaba con tal determinación que no pudo evitar emocionarse con ella.

—Me enteré por un comerciante que estaban exponiendo el Grimonio en Rom.

—¿El Grimorio?

—El libro de hechizos de Cyril, algo así como un diario de sus investigaciones. Fue la base para el entrenamiento de las primeras generación de magos. Se rumorea que hay toda clase de magias encriptadas en sus páginas y pistas que llevarían al Códice. Es el mejor lugar para empezar la búsqueda, más ahora que está en Rom. De lo contrario tendría que colarme en la Biblioteca de Arcane para ver qué consigo, o ir a la tierra natal de Cyril.

­­ —Y yo pensando que también participarías en la prueba de los Legionarios —comentó Coby.

—¿Para eso viniste?

—Sí. Mi familia pertenece a la nobleza local de Villazur, pero desde que la Iglesia se hizo más prominente, han perdido mucho prestigio. Una de las pocas formas de subir en la escala social es hacerse un nombre en alguno de los Ejércitos, y como los Legionarios es el más fácil para entrar, la decisión era evidente.

—¿Lo decidiste tú, o tu familia?

—Estuve de acuerdo con ellos. Quiero decir, no es como si quisiera quedarme en casa el resto de mi vida, cuidando ovejas o evitando que los cuervos arruinen las cosechas —Coby sintió de nuevo esa mirada penetrante, bajó la cabeza—. A decir verdad, si me quedaba no habría muchas más opciones para mí. Te tengo cierta envidia: no todos tienen una meta tan clara como la tuya. Pero si me convierto en Legionario podré tener el dinero y la posición para tener el resto de mi vida resuelta, enorgullecer a mi familia y conseguir una esposa noble. Sabes, ni siquiera sé porque me estoy justificando contigo.

El tren se metió en un bosque de viejos árboles de copas nutridas.

—¿Acaso todo eso es tan importante? —preguntó Robin, quien volvió mirar por la ventana.

Tras pasar el bosque aparecieron las primeras casas y villas, que fueron aumentando su densidad hasta convertirse en una ciudad de casas de mampostería y ladrillo. El tren se precipitó hasta un muro de diez metros de altura, de reluciente piedra blanca, impenetrable, a excepción de un arco adoquinado que le daba paso a un puente. Atravesaron el túnel cavado en el muro. Del otro lado los edificios se convirtieron en complejos de varios pisos de altura, construidos en base a un plano cuadriculado y un diseño estandarizado: donde quiera que viera Coby solo encontraba casas color crema y techos de tejas rojas.

Las únicas estructuras que se destacaban eran una catedral con un altísimo campanario que terminaba en un domo, y un colosal bloque de piedra que parecía una fortaleza. Ambas construcciones estaban en lados equidistantes de la ciudad, que  Coby podía ver gracias a que las vías se elevaban del suelo gracias a un antiguo sistema de acueductos reformados cuando aparecieron las primeras locomotoras. Es por ello que la estación debió ser construida en una colina al sureste de Rom. Allí fue donde se detuvo la maquina a los pocos minutos.

Apenas se detuvo el tren, cientos de personas salieron de sus cabinas y colmaron el pasillo hacia la salida. Sin ganas de abrirse paso entre la multitud, Coby se tomó su tiempo para recoger su equipaje. Robin esperó a que se despejara solo un poco el pasillo para salir.

—No vemos —se despidió.

—Hasta pronto —aún con el mar sabor de boca, Coby le extendió su puño—. La próxima vez que nos veamos seré un Legionario.

Ella se dio la vuelta y, con una sonrisa, chocaron nudillos.

Cuando ya no había casi gente en el pasillo, Coby salió del tren. El andén de la estación estaba repleto, bajo la bóveda de cristal que cubría el edificio, todos parecían saber qué hacer y hacia dónde ir, todos menos Coby. Con solo una mirada, el joven se topó con más estilos de vestidos y trajes de los que había visto en el resto de su vida.

“Con que esto es Rom”, pensó con esa excitación de quien se lanza a una nueva aventura. Se dirigió a la parte posterior del tren. “Rápido, necesito un nuevo bloque de cuarzo rojo”, gritó desde la locomotora quien debía de ser el maquinista. De entre los encargados de bajar el cargamento, en su mayoría jóvenes y niños, consiguió que uno de ellos le ayudara a llevar su equipaje, un baúl y dos maletas, a uno de los coches aparcados en una glorieta fuera de la estación.

—¿A dónde? —preguntó el cochero una vez Coby tras sentarse.

­—A la Academia —contestó.

El cochero agitó las riendas y animal emprendió camino.

—¡Espere, por favor! Me dirijo a la Academia, ¿podría llevarme?

—A usted no le molesta, ¿verdad? —le preguntó el cochero a Coby. Las buenas maneras le obligaron a aceptar.

—Gracias, me salvaste.

Robin entró en el coche con todo y maleta. Al darse cuenta de que Coby la miraba con una mezcla de sorpresa y de bochorno, ella hizo un sonido con la boca, seguido de una risa a todo pulmón.

—Enserio eres una estrella en ascenso, señor Legionario.

—Cállate.

Y se encogió en su asiento.

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