Capítulo 1: El mago y su túnica

 

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Robin se levantó con la misma determinación con la que abrazaba el libro y apretaba sus lágrimas. Se limpió la tierra del vestido y, sin hacer caso de la gritería a sus espaldas, siguió su camino. No fue muy lejos:

—Párate hay —dijo uno de los cinco niños que, desde que la vieron salir del pueblo, la perseguían, tirándole ramas y piedras. El más grande de ellos, al ver que Robin solo seguía su camino, se adelantó al grupo y le jaló el cabello de la nuca.

Por la fuerza del tirón no le quedó otra que retroceder, pero aun así no soltó el libro. Se mantuvo en silencio, ya estaba acostumbrada: mientras más peleará con ellos más la molestarían. Así que apretó los dientes y cerró los ojos.

—Apuesto que irás con el mago pordiosero —dijo con saña el niñote, tirando con más fuerza el cabello de Robin—. Mi mamá dice que trajo consigo a los bandidos a la isla y que dentro de poco la gente del pueblo va a quemar su casucha, lo dejan estar aquí solo porque nunca va al pueblo.

Entonces una corriente de viento empujó al niño lejos de Robin, quien aprovechó para liberarse. Por primera vez vio a los cinco niños igual de harapientos que ella, cubiertos de mugre, y al verla ir hacia ella, dieron un paso hacia atrás. Levantó la mano y la brisa se hizo más fuerte. Se levantó una nube de polvo que les cayó a los niños en la cara.

—¡Corran o nos embrujará! —gritó uno de los niños y el resto salió corriendo hacia el pueblo como si acabarán de ver un espanto.

—Tontos —susurró Robin. La brisa, proveniente del bosque, sopló con más fuerza. Miró al cielo, y agregó tras mirar el cielo—. Parece que va a llover.

A quince minutos del pueblo, siguiendo un sendero de tierra que se adentraba en el bosque, había una vieja cabaña de troncos irregulares junto a una laguna poco profunda. Solo tenía una ventana, desde la cual se veía el interior y a un hombre afanado frente a un escritorio. Al verla desde el sendero, Robin fue hacia ella trotando. Como siempre, le costó abrir la pesada puerta de roble con bandas de hierro.

El olor a tinta y libros era lo primero que le llegaba a Robin apenas entraba en la cabaña, aunque le gustaba más ver las botellas e instrumentos flotando en el aire alrededor del hombre que trabajaba frente al escritorio, los estantes llenos de conocimientos inimaginables y la silueta del hombre encorvada en el escritorio.

—Ya me terminé el libro, Hohenheim —dijo Robin con ese orgullo de quien realiza una proeza hasta entonces considerada imposible.

—Me parece bien, ahora siéntate en el taburete —dijo el hombre llamado Hohenheim, con voz seca, distante, distraída en lo que estuviera en su escritorio.

La cabaña disponía de un taburete y una estantería nutrida de volúmenes de distintos grosores y tamaños en la pared paralela al escritorio. Había también una chimenea que dividía en dos la habitación. Al fondo estaba una cama de plumas sorpresivamente elegante, si se compara con lo utilitario, por no decir tosco, del resto de cosas del lugar. Robin dejó el libro en la estantería, de donde lo sacó la semana pasada; agarró el taburete y se sentó a pocos metros del escritorio, detrás de la silueta del hombre.

Hohenheim se levantó entonces de su asiento, dejando al descubierto su escritorio repleto de frascos, tubos, posiciones y fórmulas de todos los colores. Hohenheim era un hombre alto, con perilla y cabello rubio. Llevaba una camisa blanca debajo de una túnica negra, que Robin nunca había visto que se quitara. Llevaba consigo un frasco de vidrio y un lienzo. Se acuclillo frente a Robin y, tras mojar la tela con el contenido del frasco, limpió las rodillas de Robin, estaban todas raspadas.

—Una señorita debería cuidar más sus rodillas, sería una lástima si te quedaran cicatrices —dijo Hohenheim mientras limpiaba la sangre seca sobre los raspones.

—Ni que fuera mi culpa —refunfuñó Robin, le ardían los raspones al aplicarle el lienzo. Hohenheim agarró uno de los brazos de Robin y limpió los codos, también raspados, cubiertos de tierra y sangre seca—. Debiste verlos correr porque los iba a embrujar.

—Pero tú no sabes hacer magia.

—Menos mal ellos no lo saben.

Hohenheim se afincó el lienzo en el codo de Robin, solo luego poner la tela y el frasco sobre su escritorio.

—¿Crees que eso está bien hecho? —preguntó, mirando a Robin directo a los ojos.

—Pero ellos… ellos…

Hohenheim tomó las manos de Robin entre las suyas.

—La magia es la búsqueda de las respuestas que nadie más se hace, no una herramienta para abusar de los demás —tras decir esto, Hohenheim se levantó y Robin, con la cabeza gacha, tenía más ganas de llorar que nunca.

—Ahora, enséñame cómo va tu entrenamiento —dijo el mago, y le extendió a Robin un par de cristales transparentes, del tamaño justo para caber en las manos de la niña.

Al ver las piedras, Robin se animó y las tomó, una en cada mano. Casi de inmediato se pusieron a brillar en azul. Mientras la niña se afanaba en esto, Hohenheim volvió a su escritorio. Por al menos diez minutos, mantuvo el brillo en los cristales, tras lo cual, descansaba un rato y repetía el procedimiento. Le gustaba cómo se sentía el calor de las piedras, como si fueran una extensión de sus manos, a pesar de que se le adormecieran la punta de los dedos, justo donde se dibujaban, sin estar allí, las Líneas. Pero al cabo de quince minutos se aburrió de lo que hacía y dejó las piedras a un lado.

­—¿Cuándo me vas a enseñar magia de verdad?

—Lo estoy haciendo —contestó Hohenheim, absortó en su trabajo.

—Mentira. Solo me haces prender piedras.

—Uno de los fundamentos de la magia es aprender a usar el cristal de cuarzo. Si no eres capaz de utilizar las ecuaciones de runas, solo te queda aprender sobre el flujo de la energía. Es más, magos profesionales usan el cristal de cuarzo para hacer hechizos simples y toda la tecnología de la actualidad funciona gracias al uso de los cristales. Si no puedes dominar algo tan simple como las Líneas Ley del cristal cuarzo, bueno, tal vez no tengas madera de maga.

Miró detrás de su hombro y con un gesto, apenas discernible, le indicó a Robin que continuará con su entrenamiento. Lo hizo a regañadientes, más por el reto implícito de sus palabras que porque se lo ordenasen. Aunque al principio le pareció emocionante, luego de dos meses, esto de iluminar piedras había perdido su gracia.

Todo comenzó cuando fue a bañarse en la laguna cerca del pueblo. En las tardes los niños del pueblo iban a nadar en la laguna, pero ahora que comenzaba la cosecha Robin tenía el bosque para ella sola. De tal manera que se levantó temprano para preparar tortas de pan y algo de queso para no tener que regresar a casa cuando le diera hambre. Pero la felicidad le duró poco: en la orilla estaba Hohenheim, tapado con su túnica a pesar del calor de media mañana, con una caña de pescar en las manos y el anzuelo flotando en la superficie.

—Nos vas a pescar nada, en esta laguna no hay peces —dijo Robin, al acercarse donde estaba el mago. Al verla, se echó para atrás hasta acostarse en el suelo y parecía que iba a tomar una siesta allí mismo, con la mitad de las pantorrillas dentro del agua.

Robin sacó de su canasta una rebanada de torta y se la extendió, la tomó como si fuera el gesto definitivo  entre la salvación y la muerte:

—Gracias.

Robin se sentó cerca del hombre y se comió otra rebana de torda. En vista de que se había arruinado su día de nado, regresó a casa al poco rato. Al día siguiente volvió al bosque, “ahora sí podré nadar a gusto”, pensó.

—Pero qué… —soltó al ver como, a orillas de la laguna, había aparecido una cabaña de la nada, fuera de la cual el Hohenheim limpiaba un conejo como si llevara viviendo allí toda la vida.

—Este es un buen lugar para seguir con mi investigación —le dijo mientras preparaba un guisado de aroma dudoso.

A partir de ese momento Robin se olvidó de nadar, aunque de todas formas no regresaba a casa hasta entrada la tarde, siempre con su canasta. Era la única forma que el mago la dejara acercarse. Por mucho que pudiera hacer flotar los objetos o hacer aparecer cosas de la nada, se le daba terrible lo de cocinar, limpiar o cualquier otra actividad dedicada a mantenerlo con buena salud. Así que todas las mañanas la niña iba a la cabaña con la excusa de dejarle algo para almorzar, ofreciéndose a limpiar o a realizar cualquier mandado que a él le resultase muy engorroso, y aunque al principio el mago le agradecía desde la puerta, la insistencia de Robin pudo más y no le quedó de otra que dejarla pasar. Aunque había imaginado que el interior de la cabaña tendría proporciones fantásticas, no por nada era la casa de un mago, la decepción le duró poco: apenas vio la estantería se encaprichó con los libros.

Luego de mucho insistir, Hohenheim dio su brazo a torcer, otra vez, y se dedicó a enseñarle a leer. Como los únicos libros que tenía a la mano eran de magia, no pasó mucho tiempo para que Robin estuviera memorizando runas y haciendo brillar cristales de cuarzo.

Al ocaso Hohenheim se levantó del escritorio y Robin dejó los cristales. Hizo la cena para los dos y mostró sus avances cargando las lámparas de cuarzo por si solas. Como muchos otros instrumentos mágicos inventados en la Universidad de Arcane, utilizaba magia para funcionar, que podía recargar el vendedor, un mago certificado, o cualquiera que supiera cómo funcionaba. La lámpara no se diferenciaba en mucho con una común y corriente, a excepción porque, en lugar de una mecha, tenía un cristal de cuarzo rojo, y que no necesitaba aceite. Robin colocó el pulgar en la runa en la base de la lámpara, Apenas colocó el dedo, el cristal se encendió en una luz blanca.

—Tiene suficiente para el resto de la noche, impresionante —dijo el mago—. Supongo que ya podrías dominar los Comandos.

Robin, a pesar de que estaba cansada, saltó de su taburete y se puso a brincar por la cabaña. Lo había conseguido, por fin aprendería magia de verdad. Comió con buen apetito y en vista que se había hecho de noche, le rogó a Hohenheim que la dejara quedarse. Como no era la primera vez que ocurría, el mago no opuso resistencia.

La niña se lanzó de clavado en la cama, rebotó, mecida por la suavidad del colchón, mientras el mago sacaba una colchoneta que depositó junto a la chimenea. Arropada hasta la barbilla, Robin le indicó al mago el taburete.

—¿Esta vez cuál será? —preguntó Hohenheim tras sentarse junto a la cama.

—La historia de Cyril.

Con gesto de pereza. Se acomodó y empezó:

—Está bien. Pero la historia no comienza con Cyril, no, empieza con el Abismo. Hace veinte años la ciudad de Ingram, la antigua capital del reino, fue engullida por el Abismo, y con ello, un horror nunca antes se había visto invadió el mundo. Aunque el rey convocó a todos los sabios y eruditos de Arcane, nadie sabía el origen de esta tragedia ni cómo prevenir que siguiera envenenando la tierra y convirtiendo a los hombres en bestias. Nadie, excepto una mujer venida de oriente, que dio con una solución: la magia. Su nombre era Cyril y desde ese momento el Rey la comisionó para enseñarles a los eruditos esta nueva ciencia que podía moldear la realidad.

>>En esa época de agitación y temor, la llegada de Cyril fue como una luz en medio de las tinieblas. Guiados por ella, el primer gremio de magos de Sablie contuvo al Abismo y salvó al reino. Ella fue la madre de la magia, y aún más, fue nuestra salvadora.

>>Se dice que antes de morir descubrió el máximo secreto del cosmos, la raíz de la magia pura, con la cual se podría comprender todas las magias, una capaz de hacer entendible el lenguaje que usaron los Eternos para construir todo cuanto existe: le llamaron el Códice de Cyril. Y desde entonces miles de magos de todo el mundo emprendieron la búsqueda del Códice de Cyril, y quien lo encuentre, según dicen, se consagrará como el Mago Supremo, capaz de entender el tejo del cosmos y moldearlo a voluntad.

A esta altura de la historia Robin ya estaría dormida, pero esta vez se quedó mirando a Hohenheim.

—¿Por eso viniste? —preguntó— ¿Para encontrar el Códice?

—No, mis investigaciones no tienen nada que ver con el Códice. Ya duérmete.

Robin sacó una mano de debajo de las sábanas y flexionó el brazo.

—Descuidad, yo conseguiré el Códice de Cyril.

Hohenheim sonrió y despeinó a la niña para luego volver a arroparla.

—Primero tendrías que aprender a hacer magia.

Se acostó en la colchoneta, usó su túnica como frazada.

—¿La conociste, a Cyril?

—Sería poco mayor que tú edad cuando falleció.

Hohenheim  apagó la lámpara y ambos se durmieron.

A la mañana siguiente Robin salió temprano para comprar algunos ingredientes, quería hacer un estofado de liebre, el favorito del mago. El sol apenas era interrumpido por alguna nube pasajera. De camino al pueblo no era extraño encontrarse con una familia de campesinos con un cargamento de trigo en una carreta o canastas cargadas de frutos de la temporada. En esa época de agitación y trabajo, la isla estaba cubierta de la algarabía producida por cosechar los resultados de tantos meses de arduo esfuerzo. Pero al acercarse al pueblo recibió la bienvenida de una ráfaga de disparos al aire. Asustada y sorprendida por partes iguales,  se escondió tras unos arbustos. Vio como un grupo de hombres a caballo y a pie, todos armados, estaban sacando de sus casas a la gente del pueblo, para llevarlos a la plaza central.

Sin pensarlo dos veces, corrió de regreso a la cabaña. Encontró a Hohenheim cortando leña.

—El pueblo fue tomado por Bandidos, necesitan tu ayuda. ¡Rápido!

Fue hacia el mago y lo tiró de la mano, pero él no se movió. En su lugar, se soltó y continuó con su tarea. Entonces Robin lo agarró por la túnica.

—Tienes que hacer algo.

—No, no tengo que hacer nada —con un tirón, le quitó la túnica de las manos a Robin. Cargó la leña y la llevó a la cabaña—. Los Legionarios deben estar por llegar en cualquier momento, ellos se encargarán de los bandidos, pero si yo me involucró, pondría en riesgo toda mi investigación.

—¿Y eso qué importa? Hay gente en problemas y tú puedes salvarlos.

Él ni la miró.

—¡Se supone que eres un mago, se supone que eres un héroe como Cyril!— gritó Robin y salió corriendo, de regreso al pueblo.

Había cerca de una veintena de bandidos, la mayoría de ellos apostados en las entradas del pueblo. Mientras, cinco de los suyos sacaban todo lo de valor de las casas y otros tres mantenían retenidos a los habitantes del pueblo.

Lo único que tenía Robin a su disposición era una bolsa con los cristales de cuarzo que usaba en sus prácticas. No era mucho, pero si era inteligente sería suficiente. Lo único que tenía que hacer era usar magia para lanzar los cristales contra los bandidos. Solo tenía tres, por lo cual debía recuperarlas de alguna forma luego de usarlas. Dos órdenes, dos runas. Se alegró en sus adentros por memorizar algunas de las Runas básicas de los libros de Hohenheim. Mojó la punta de sus dedos con barro de un charco en el sendero y con él dibujó las runas en sus palmas. Ahora solo tenía que colocar el cristal cargado en la palma izquierda para lanzarlo y extender la derecha para recuperarlo.

Los bandidos más cercanos de donde estaba escondida Robin se encontraba en la entrada el pueblo, justo donde comenzaba el sendero al bosque. Ambos iban a caballo, con fusiles cargados. No tenía margen para el error; si erraba el tiro, ellos quizás no lo harían. Desde donde estaba agazapada tenía la vista despejada de los cien metros que la separaban de ellos. Aun cuando hacía los cálculos de la cantidad de energía que necesitaría en cada lanzamiento, no podía solo ignorar como le temblaban las piernas con la sola idea de salir de su escondite. Se esforzó en concentrarse en el adormecimiento de la punta de los dedos de su mano izquierda mientras cargaba el cristal. Cerró el puño y apuntó:

—¡Ahora! —gritó para darse valor.

Salió de los arbustos en carrera libre hacia los bandidos. Luego de avanzar veinte metros, levantó el brazo izquierdo, al abrir la palma el cristal de cuarzo salió volando y golpeó al caballo de uno de los bandidos. El animal en encabrito, tirando al hombre, que al parecer se golpeó en la cabeza al caer.

Robin habría estado feliz de su primer Comando exitoso de no ser por estar demasiado ocupada cargando el segundo cristal mientras corría hacia el otro bandido. Este, aunque al principio sorprendido, se dio cuenta de lo que ocurría: se bajó de su caballo y le apuntó a Robin con su fusil. Debía darse prisa. Arrojó el cristal como si fuera una pelota. Apenas tenía suficiente energía para llegar al bandido, que la esquivó con facilidad. Por fortuna, en el proceso, se disparó su arma, la bala rebotó en la tierra, a los pies de ella.

Una erupción de tierra salpicó a Robin, que se pasmó en el acto. Las piernas le fallaron. Se dejó caer de rodillas. Aguantó su peso con las manos cerradas. Aun con la cabeza gacha, podía escuchar cómo el bandido recargaba su fusil mientras se acercaba.

—No sé lo que hiciste, pero más te vale no repetirlo —dijo el bandido. Robin escuchó el chasquido metálico del fusil al amartillarse: aprovechó la oportunidad. Lanzó el cristal que le quedaba con toda la energía que pudo juntar. El cristal le dio entre ceja y ceja. El bandido cayo cuan largo era, y solo entonces, al ver que no se levantaba, Robin se permitió respirar de nuevo.

Se acercó al hombre. Estaba desmayado. Tiró el fusil a un lado. Vio que tenía una espada en el cinto así se agachó para tomarla. Ahora solo tenía que recuperar los cristales y pensar cómo liberar al resto del pueblo.

—Quieta.

El filo de la espada del primer bandido se posó sobre la garganta de Robin. En algún momento se había levantado. Era un hombre robusto, apestoso a ron y con ropas curtidas. Pateó a su compañero, que tardó en reaccionar, y agarró a Robin por el pescuezo. La llevó a rastras hacia la plaza central con el resto de los cautivos.

La gente del pueblo estaba sentada en la plaza, las madres abrazando a sus hijos, todos asustados, alrededor de un hombre vestido de negro y con un sombrero de piel de cordero.

—Esta niña se quiso pasar de lista, jefe— dijo el primer bandido. El hombre con el sombrero de piel se acercó. No era alto, pero emanaba un aura amenazante, mezclado con su hedor a sudor. Era moreno y mantenía la mano apoyada en el pomo de un sable curvo, parecido a uno que Robin vio en la ilustración de un libro de aventuras de Oriente.

El jefe de los bandidos la forzó a mirarle a los ojos, negros y sin brillo. Sacó su sable. Agarró a la niña por el brazo y la arrastró hacia donde estaba el resto del pueblo.

—Teníamos pensado irnos sin mayores problemas, saben —dijo con marcado acento oriental. Tiró a Robin a sus pies—. Pero ahora no tengo más opción que enseñarles a no querer tomarme el pelo.

El jefe de los bandidos levantó su sable. Lo que ocurrió a continuación permaneció en la memoria de los habitantes del pueblo, aunque ninguno sabría decir qué pasó a ciencia cierta. Algunos dicen que se desató un ventarrón, seguido de un sonido secó, de hueso rompiéndose. Otros aseguraron que primero fue el sonido que el viento. Y otros le daban forma a la confusión con parchos de su imaginación. Lo único en lo que todos coincidieron fue que un hombre de túnica negra apareció de la nada y derribó al jefe de los bandidos. Lo agarró de la cabeza, para luego estrellarlo contra el suelo.

Hohenheim colocó a Robin a sus espaldas. El resto de la banda no tardó en rodear al mago, fusiles arriba. Pero antes de que pudieran disparar sus rifles quedaron inservibles: sus mecanismos se bloquearon por una proliferación de cristal de cuarzo en los mecanismos.

Mientras sacaban sus espadas el mago derribó a los dos bandidos más cercanos a él. A medida que se lanzaban hacia él los iba golpeando justo en el lugar adecuado para noquearlos, por mucho que intentaran rodearlo, era caso como si pudiera leer sus movimientos y actuar en consecuencia. Para cuando tiró a los primeros diez, los hombres del pueblo se levantaron y fueron tras el resto de la banda. Los que quedaban en pie subieron a sus caballos y escaparon sin reparar en sus compañeros.

El mago ayudó a levantarse a Robin y con el dorso de su túnica le limpió un hilo de sangre de un rasguño en la mejilla, de seguro producido por el primer bandido que la amenazó con su espada.

—Una señorita debe cuidarse más, sería una lástima que terminaras cubierta de cicatrices —dijo, y si con sus palabras hubiera roto un hechizo, Robin rompió a llorar y se abrazó a Hohenheim.

Una mano se posó sombre el hombro del mago. Era uno de los ancianos del pueblo. Aunque medio encorvado, mantenía la mirada lucida y la fuerza en las extremidades. Con toda la autoridad que le daba el aprecio de sus vecinos y la experiencia de los años, dijo:

—Le pido que se vaya de este pueblo, y nunca vuelva.

Robin miró a su alrededor en busca de apoyo, pero por parte de los habitantes del pueblo solo encontró expresiones de rechazo hacia Hohenheim.

—¿Por qué? —preguntó la niña—. Él acaba de salvarnos.

—Entendido —aseveró Hohenheim sin mirar a la niña—. No les causaré más molestias.

—Él no ha hecho nada malo, es mi amigo, no hagan que se vaya, por favor —suplicó al viejo, que se mantuvo inflexible.

Hohenheim salió del pueblo. Cuando Robin iba a seguirlo, el viejo la retuvo por el brazo.

—Hace quince años hubo un brote de la infección de las bestias en la isla, ellos vinieron y la purgaron en una noche —dijo el viejo, con lágrimas en los ojos.

Para cuando Robin alcanzó a Hohenheim, la cabaña ya había desaparecido, y el mago se ocupaba en organizar una valija y un baúl. Traía consigo su cesta, solo que en lugar de comida, llevaba todo lo que tenía en el mundo: un cambio de ropa, unas botas y una muñeca de trapo.

—¿Ahora qué? —preguntó la niña.

—Creo que voy a buscar a mis viejos compañeros de gremio, de seguro estarán sorprendidos de verme de nuevo. Mi investigación puede esperar.

—Bien, entonces en camino.

Hohenheim se dio la vuelta, y Robin solo tuvo que ver su expresión para saberlo.

—No, tú lo prometiste, que me enseñarías magia, mis clases comienzan mañana, lo prometiste.

—Lo siento.

Robin dejó caer su canasta y se puso a llorar.

—Seré buena, lo prometo: haré los quehaceres, no te causaré problemas, te ayudaré con tu investigación… Aprenderé todo lo que me enseñes, seré tan buena maga que un día conseguiré el Códice de Cyril.

Entonces Hohenheim abrazó a la niña.

—Entonces, cuando llegue ese día, me devolverás mi túnica, así que no la pierdas, es muy preciada para mí.

Robin se abrazó más fuerte al mago mientras le abrochaba la túnica sobre los hombros, y gritó, con toda la fuerza que le permitía el llanto:

—Sí.

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