5 secretos para no aburrir a los lectores

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¿Lo que escribo es interesante, aburre a mis lectores, está bien escrito? Si no te has preguntado eso, al menos un vez, tendrás que replantear tus prioridades, al menos en lo referente a eso de ser escritor.

Muchos apoyan el punto de que uno escribe para sí mismo, no es que esté en contra de esa postura, pero es demasiado cómoda para mi gusto: si haces algo que solo te gusta a ti, no solo das por sentado que el resto del mundo se equivoca, sino también que estarías eludiendo una de las razones capitales de la Literatura: entablar una conversación intemporal con el lector, crear una relación con él.

Así que considero importante que al escribir tengamos en mente hacer la experiencia divertida, significativa, o que por lo menos sea lo menos aburrida posible. Para que la comunicación con tu lector no se corte y crea que lo hemos hecho perder su tiempo, lo mejor es que le interese lo que lea.

Por eso te dejo estos cinco consejos que te podrían servir para no matar de aburrimiento al lector, o peor aún, deje tu libro a la mitad.

Sin más que agregar, comencemos:

1. Que tus personajes sean profundos

Si hay algo que produce interés en los seres humanos, son las vidas y los pensamientos de otros seres humanos, de allí que necesitemos tener alguien con quien hablar, aunque solo para decir sean puras chorradas.

Algo similar pasa en los libros: cuando nos encontramos ante un personaje por el cual nos interesemos estarás pegado en las hojas, preocupado de lo que le pueda pasar o si conseguirá su meta. Cuando empecé Juegos de Tronos, más de una vez tuve la tentación de saltarme los capítulos de Sansa por leer lo referente a Daenerys.

Y no hay mayor forma de generar ese lazo empático entre el lector y los personajes es que estos últimos tengan dimensiones bien establecidas: cuando una creación dentro del papel respira, ama, sufre, es feliz o desdichado, automáticamente se gana el cariño de los espectadores.

También la evolución de un personaje se hace presente en su arco argumental produce un apego al lector: instintivamente nos ponemos de parte de quien se esfuerza, lucha, pierde y se levanta.

2. Ritmo y elocuencia

Muchos escritores, tanto nuevos como viejos, asocian Literatura con palabras complicadas, léxico rebuscado o palurdeces parecidas. No, no y no. Pocas cosas hay más dañinas para la lectura tener que estar obligado a tener un diccionario junto a la mesita de noche para entender cada dos frases.

Si hace esto pierdes el ritmo y la inmersión de la lectura. El ritmo en la literatura tiene más que ver con la capacidad de soltar la mayor cantidad de información sin obstáculos: adjetivos innecesarios, redundancias, palabras complicadas, frases que no van al caso.

La marca de un buen escritor es hacer que el lector no se dé cuenta que está leyendo. Entonces se completa el pacto hipnótico del que tanto hablaba Gabo.

3. La historia lo es todo

Muchas de las mejores historias del mundo son de las más simples, pero están bien contadas, que es lo importante. Esto significa que el escritor no tiene miedo de llegar a las últimas consecuencias y lleva a los personajes al límite.

El conflicto y el drama están presentes con todo su potencial, en el sentido que hay una razón válida para que un personaje, para que una persona, emprenda un viaje, ya sea externo o interno, con tal de conseguir un objetivo.

Si a eso le agregamos las tramas secundarias, como refuerzos de una misma premisa, tenemos la fórmula para contar historias significativas: la lucha de los personajes por conseguir una meta, superar una adversidad o descubrir una verdad que le cambiará la vida.

Si no me crees eso de que la historia lo es todo, recuerda a Saramago: nunca antes he conocido a un escritor con un estilo tan deleznable, obtuso y difícil, pero aún así Las intermitencias de la muerte y Todos los nombres son dos de mis novelas favoritas. ¿Por qué? Por su historia

4. El lector no es tonto

Hay que tener mucho cuidado con lo que le contamos a los lectores: si le damos muy poca información dejará el libro por considerarlo incomprensible, y si le damos demasiada, lo dejará por tratarlo como si fuera un niño.

No hay que explicar todo, en todo momento, describir hasta mínimo detalle ni escupir en la cara del lector los trasfondos de la narración. Uno de los secretos del oficio es dejar a la imaginación del lector algunos trozos de la historias para que, con las pistas adecuadas, los vaya llenando.

Eso se ve mucho en el terror, en el buen terror: una criatura, un monstruo, un terror que persigue a nuestro protagonista hasta que a final lo atrapa y lo vuelve loco, siempre eludiendo la cámara. ¿Por qué? Para que tú plasmes tu mayor temor y sea tú quien corra por su vida.

5. Las formas importan

Una de las máximas en el oficio de escribir es que el contexto importa, y mucho: si la escena es triste, las palabras que debes usar deben evocar tristeza; si el personaje está en un momento de placer no se va a poner a recordar la muerte de su abuelita, y si la obra va de amor creo que los monstruos lovecraftianos podrían sobrar.

Hasta la forma de narrar se ve alterada por el contexto: si estamos escribiendo en primera persona sobra decir que es la voz del personaje el que se plasma en el papel, no la propia.  Además de que el campo de visión y comprensión de lo que ocurre se ve afectado por el campo de acción de nuestro personaje. No es solo tirar palabras a lo tonto solo porque sí.

No tiene que ver con ser demasiado coloquial o usar un lenguaje exquisito, es saber qué palabra usar en cada momento, cuándo reemplazar un sinónimo y cuándo usar la estructura del texto para imprimirle una emoción al relato.

Desde afuera puede parecer algo complicado, pero a medida que vas ganando experiencia, tu subconsciente irá asimilando estas fórmulas. El secreto está en perderle el miedo y ponerte a escribir.

Conclusiones

 No te voy a mentir, puede que sigas al pie de la letra estos consejos pero esto no significa que tengas un libro que mantenga el interés del lector. Solo puedo decirte que, en mi experiencia, lo único verdaderamente memorable es lo inherente al ser humano:

Mientras tus personajes tengan humanidad, tus historias toquen los temas que nos atormentan desde el origen de nuestra especie y, sobre todo, amemos estas criaturas imperfectas que somos, tendremos algo importante que decir, que contar, y que escribir.

Por lo demás, a escribir se aprende escribiendo.

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