Cuento: Los muertos esperan su turno

cuento

El olor a pólvora quemada aún pululaba en el aire cuando despertó. Le recordaba a las promesas de Año Nuevo. Al levantarse lo primero que vio fue la bolsa de regalo encima de la cómoda junto al catre. Chirriaron los resortes al levantarse, justo cuando una detonación hizo eco a la distancia.

Fue al baño, le tocaría desayunar en la calle. No había de otra, tenía prisa: quería ir a la Clínica antes de empezar a trabajar. Se puso una chemise sobre la que empezaban a acumular pelusas, el pantalón con los dobladillos raídos y el chaleco de motorizado desteñido por el sol. Se cepilló los dientes y lavó la cara con el mismo tobo de agua con el que se mojó el pelo para echarse la gelatina en el cabello achicharrado.

Antes de salir agarró la bolsa de regaló con reverencial cuidado. Era una de esas bolsas de papel metalizado que las madres guardan de los cumpleaños de sus hijos para usarlas para los regalos de otros niños, de esas que tienen la etiqueta rayada hasta volverlas nada.

Al salir, la puerta del rancho sonó con el estrepito de la hojalata estrellándose.

“Epa, Teodoro, el mío”, escuchó que lo llamaban desde la cancha de basket, más debajo de donde estaba. Se acercó a la reja que la separaba de la calle. Desde allí podía ver su moto estacionada.

Del otro lado de la reja, abrazando el balón de basket estaba Wilkerangel: un muchacho moreno, casi rapado y con tatuajes de nombres en cursiva sobre  brazos escuálidos. “Mi mamá y mis hermanas”, había dicho cuando los mostró por primera vez. Luego se le fueron añadiendo los de sus hijos y sus mujeres, pero estos últimos terminaban tachados o maquillados por el de la siguiente novia a medida que desfilaban por su piel como si fuera una especie de registro de dormitorio.

“Hola”, saludó Teodoro. “¿Cómo va todo?”

“Fino; mira, te tengo un trabajo, solo tienes que llevar a un convive a dónde te diga y esperarlo, es todo”, le susurró Wilkerangel, pegando la cara de la reja. “¿Plomo?”

Teodoro se cruzó de brazos y miró a los lados, también se acercó a la reja.

“No lo sé, pana, tú sabes que tengo la cabeza vuelta loca en estos días”, se disculpó entre susurros. “Dame un chance para pensarlo y te digo”.

E hizo un ademán de darse la vuelta, pero Wilkerangel lo detuvo.

“¿Qué es lo que te pasa, andas con prisa?”, preguntó.

“Voy para la Clínica antes de trabajar”, Teodoro con la cabeza gacha, igual a un niño que no quiere contar la verdad cuando lo atrapan.

“Con qué era eso, me saludas a Mileidy de mi parte”, dijo con un tono que quería decir mucho más de lo que aparentaba. “Todo esto debe ser muy duro para ti. Cuídate, perro”.

Teodoro fue hacia su motocicleta sin poder encontrar rumbo entre sus pensamientos. Permaneció inexpresivo mientras arrancaba el motor y manejaba cerro abajo, dejando que la pendiente hiciera el trabajo. Durante el trayecto mantuvo una mano sobre la bolsa de regalo, que había colocado sobre su regazo.

Una vez pasó el portón de seguridad de la Clínica un vigilante le hizo identificarse, así como le indicó el lugar donde debía estacionar. Llegó a un vestíbulo con poca luz, a pesar de ser plena mañana. La mitad de las lámparas fluorescentes no funcionaban. El olor a desinfectantes y remedios picaba en la nariz de Teodoro. A los lados de la entrada había una hilera de bancos de cemento ocupados por mujeres y viejos que miraban a la nada, como si fueran parte del mobiliario o estuvieran enfrascados en la espera perpetua de una salud que los abandonó hacía mucho.

Subió por el pasillo a media luz que conectaba con el ala de las habitaciones para los pacientes. Aquí y allá había camillas pegadas en la pared donde dormía a duras penas un enfermo sin lugar para ser atendido, y no muy lejos estaría un familiar al pie del cañón para cualquier cosa que pudiera necesitar. Teodoro pasó de largo con esa incomodidad de quien no quiere ver la miseria ajena. Al final del pasillo dobló a su izquierda.

Era una habitación espaciosa, como el resto de la Clínica, la única luz provenía de  bombillos fluorescentes. Pegadas en las paredes estaban dispuestas seis camas de hospital con sábanas azules. Todas ellas estaban ocupadas y Teodoro fue a la que estaba al final de la habitación. Los demás presentes no miraron a Teodoro, por ese pacto implícito de los enfermos de no reparar en sus colegas en la desgracia.

En la cama de esquina de la sala estaba recostada una mujer con el pelo recogido, abstraída en la tarea de masajear su vientre abultado. No se dio cuenta de la presencia de Teodoro hasta que se acercó para plantarle un beso en el cachete.

“Hola, mi amor”, dijo la mujer, le contestó el beso, esta vez en los labios. Aunque sonreía que daba gusto, se notaba por sus ojeras que se mantenía despierta a duras penas. Estaba pálida y no despegaba las manos de su vientre. “Disculpa, estaba distraída con Teodorito”.

Y acarició de nuevo su barriga mientras sonreía.

“Todavía no sabemos qué es, princesa, cómo se te ocurre ponerle nombre ahora”, dijo Teodoro. Agarró un banco que estaba al lado de la cama de la mujer y se sentó.

“No seas tontito, ya sabes que me senté en el cuchillo, estoy convencida de que va a ser un varoncito, y se llamará como su papi”, dijo la mujer y otra vez soltó esa sonrisa de inocente felicidad que no dejaba lugar para discusión.

Teodoro tomó las delgadas manos de ella entre las suyas. Las separó del montículo de su vientre, las atrajo hasta si, se las acercó a los labios y las besó, como hacía siempre que se quedaba sin palabras.

“¿Has dormido bien?”, preguntó al cabo de un rato de no soltar sus manos.

“Si”, dijo la mujer. “Luego de que el doctor me diera unos remedios me he sentido mucho mejor; dijo que dentro de poco podría salir, aunque con reposo absoluto”. Apretó, a duras penas, la mano de Teodoro, agregó: “Ya verás que no hay nada porque preocuparse, pronto seremos Teodorito, tú y yo”.

En eso se batieron las puertas tras de Teodoro, quien se levantó de sobresalto. Entró una mujer regordeta, con ropa deportiva y una bolsa plástica en la mano. Fue directo hacia donde estaba él.

“Te traje algo para que comas, Mileidy”, dijo la mujer, quien abrió la bolsa junto a la cama de la muchacha, que envolvió su vientre con las manos otra vez. Le entregó una vianda todavía vaporosa. “Recuerda lo que te dijo el doctor, necesitas alimentarte, le hará bien al nene”.

“Gracias”, dijo Mileidy, aunque su expresión parecía querer decir lo contrario.

“Bien, te dejaré comer en paz”, añadió la madre de Mileidy, miró por fin a donde estaba Teodoro, le dijo. “Necesito que me ayudes a traer algunas cosas, menos mal que trajiste la moto”.

Una vez ambos salieron de la habitación, la mujer encaró a Teodoro.

“Esta mañana me llamaron para saber qué pasó con las facturas atrasadas”, dijo la madre de Mileidy, y como si hubiera sido enganchada por un ancla, Teodoro bajó la cabeza. “No me cabe en la cabeza como dejaron que la situación llegara hasta este punto. El doctor me dijo que si hubieran venido una semana más tarde quizás se me muere mi niña, y todo por ser cabeza dura y no ir a los chequeos”.

Teodoro pareció desarmarse, se metió las manos en los bolsillos.

“Cuando empeñe la moto tendré para pagar las cuentas atrasadas y me debería quedar algo para comprar la cuna que ya tengo apartada”, dijo, como si estuviera hablando con sus pies. Siempre le decía lo mismo, aunque no tuviera intención de empeñar nada, con tal de tener a la suegra contenta, algo que nunca lograba de todas formas. “Lo demás lo puedo ir consiguiendo haciendo carreras”.

La mujer se apoyó en una pierna y se puso las manos en las caderas regordetas.

“Ya sabía yo que debí haberte sacado a patadas de mi casa cuando apareciste”, dijo con toda la intención de herir. “¿Para qué viniste?”

“Solo quería ver como estaba”.

“Ya la viste, ahora vete antes de que me arreche”, sentenció la mujer que, acto seguido, volvió a la habitación donde estaba su hija.

Teodoro regresó al estacionamiento, tenía los dientes apretados al igual que los puños, pero no se atrevió a emitir sonido alguno mientras quitaba el candado de su motocicleta. Un grito desde la entrada le hizo darse la vuelta.

La noche caía como si la ciudad se hundiera en las profundidades del océano. El  calor del sol fue reemplazado por un frío que no tardó en exiliar a los transeúntes a sus casas. Pero para Teodoro el mundo solo era un borrón de incertidumbre y tensión, donde lo único que sabía era que debía darse prisa.

El único sonido del que era consciente era el crujir de la bolsa plástica amarrada en el manubrio de la moto: un par de cajitas de cartón que cabían en un puño cerrado adquirió de repente el peso del mundo. Y ahora que regresaba de la Clínica, la tensa premura de la mañana había sido la reemplazada por la apremiante urgencia del miedo del tiempo corriendo.

Era incapaz de recordar lo que hizo luego de darse vuelta ni como se montó en la moto, en su mente solo había una idea acaparando cada neurona que no fuera indispensable para no matarse en la calle: consigue la medicina, consigue la medicina, consigue la medicina.

Y con ese mantra, y el nombre de las ampollas, recorrió cada farmacia que conociera, en una especie de peregrinaje a contrarreloj. Pero a donde quiera que fuera le decían lo mismo: no hay, se acabó, pregunta en otro lado, tal vez en otro sitio. Y en este ciclo en el que la desesperación se repetía mientras el tiempo se le hacía agua, las farolas se empezaron a encender, y como si fuera la línea puntada del mapa de un tesoro, marcaron su rumbo hacía la última farmacia de la ciudad.

Era un local con apenas una ventanilla para que la gente se acerara. Cuando llegó vio que el encargado estaba a punto de cerrar. Sin siquiera bajarse de la moto le gritó que se detuviera. Por su reacción podría decirse que temió que lo estuvieran robando, levantó las manos y se giró lentamente.

“Necesito esta medicina”, le dijo y le extendió el papel. Solo entonces el encargado de la tienda volvió a respirar. No sin reprocharle a Teodoro por darle un susto de muerte, se metió a su local y le trajo la medicina.

“Tienes suerte, hijo, son las últimas que me quedan”, dijo el farmacéutico. Debió notar algo en el rostro de Teodoro, pues agregó: “Descuida, muchacho, ya pasaste por lo más difícil”.

Teodoro le agradeció con un gesto y salió disparado hacia la Clínica.

Dejó la moto en el mismo lugar que antes y salió corriendo hacia la habitación de Mileidy. El balancear de la bolsa marcaba el ritmo de sus pasos. Pero se detuvo de golpe, ante la silueta de la madre de Mileidy desplomada en un banco en el pasillo, sentada con las piernas abiertas y la cara enterrada entre las manos. Teodoro se quedó allí parado, viendo estremecer a esa mujer que dejó de ser intimidante, mientras la bolsa de plástico en su mano se columpiaba como un ahorcado mecido por el viento.

Una mano se posó sobre su hombro, Teodoro se volteó. Lo primero que notó fue la bata blanca y el olor a mentol. Era un doctor de alrededor de los cuarenta años, aunque parecía mucho más joven. Tenía en la otra mano una tabla sosteniendo varios papeles.

“Hicimos lo posible, señor Meneses”, dijo el doctor con ese tono de voz acostumbrado a informar tragedias. “Su mujer se encuentra fuera de peligro, pero perdió el bebé. Desde el principio era situación complicada, con apenas quince años era una embarazo de alto riesgo”. Teodoro no dijo nada, pero tampoco parecía que el doctor esperara que lo hiciera, agregó: “Ella está frágil, lo mejor será que se quede quince días para que controlemos su estado”, entonces le mostró los papeles en la tabla. “Lo único que queda es disponer del cuerpo. Los servicios funerarios y los trámites para realizar un entierro son complicados, en especial en el caso de un nonato. Pero como la criatura murió en el vientre, se le puede considerar como feto. Si usted lo desea, puedo disponer de él sin necesidad de tanto papeleo, como si fuera un desecho médico. Solo necesito su firma”.

Y le extendió la tabla. Era una planilla. Con la otra mano le extendió un lapicero. Pero Teodoro no hizo nada, como si no entendiera lo que se le estaba pidiendo.

“¿Qué otra opción queda, doctor?”, por fin alcanzó a decir Teodoro.

“Entonces tendrás que ir al Registro para que reconozcan el feto”, contestó el doctor, atrajo la tabla hacia sí y rebuscó entre los papeles. “Si presentas esta planilla y te dan un Acta de Nacimiento podrás hacer los trámites para el Acta de Defunción”.

El doctor le dio entonces a Teodoro una hoja del fondo de los papeles sujetados por la tabla.

“Gracias, doctor”, musitó Teodoro, se quedó viendo la hoja todavía sin llenar. El doctor le volvió a poner la mano en el hombro y se dio vuelta. “¿Le puedo preguntar algo?”

“Claro”.

“¿Qué era?”

Y por primera pareció salir de un papel de médico: hizo una mueca al tiempo que bajó la cabeza.

“Niña”.

No hay momento más terrible que cuando estamos solos en una cama helada, en una de esas noches en que el tiempo parece deshilacharse y nos quedamos con los ojos abiertos viendo el techo como si fuera el pizarrón de una clase que no entendemos, atrapados en la eternidad de nuestras angustias; cuando pareciera romperse la represa de nuestra mente para que cada idea, miedo y desvelo se claven debajo de nuestras uñas en el silencio del no sueño. Es entonces cuando solo queda retorcerse dentro de las sábanas y aguantar el asedio hasta que el cansancio nos tumbe.

Cada pocos minutos, y pese a que no podía distinguir nada más allá de su catre, Teodoro veía hacia el mueble donde colocó la planilla. Era una presencia más en el cuarto, que asechaba igual que un gato a medianoche. Tuvo que aguantar hasta entrada la madrugada a que el no sueño decretara que ya había tenido suficiente por una noche y se le diera permiso de dormir. No se habían ni asentado las lagañas cuando el martilleo del reloj despertador lo tiró de bruces a la realidad.

Con los primeros vestigios de la mañana salió con la moto al Centro. Sabía que si iba más tarde no podría hacer el trámite ese mismo día. Aunque el Registro abre a eso de las diez de la mañana, ya desde que amanece empiezan a concentrarse cientos de personas a sus puertas para poder conseguir cualquiera de esos papeles indispensables que certifican que estas vivo, muerto, que duermes en tal sitio, votas en el otro y eres el número tal de tantos.

Teodoro estacionó frente al Registro: un viejo edificio de arquitectura modernista, pero que con los años y el descuido había quedado desfasado. Como era de esperarse, ya se había formado una cola considerable frente a la enorme entrada enrejada, en la cual estaba un vigilante igual de envejecido que el lugar que resguardaba. Llevaba su uniforme con orgullo, parado de otro lado de la reja parecía estar haciendo orden cerrado. Teodoro se acercó al vigilante, quizás le pudiera preguntar cómo funcionaban las cosas dentro del Registro para no equivocarse.

“Epale, epale, epale, coleao, coleao”, escuchó a sus espaldas, las miradas de las demás personas en la cola se clavaron en la espalda. Se dio la vuelta. Fue hasta el final de la fila, que se extendía por la calle alrededor del edificio como una culebra sobre el cuello de un venado.

Delante de él estaba una señora sentada en una silla plegable con un niño, que debería ser su nieto, recostado sobre su hombro. A medida que amanecía el sol picaba en la piel desnuda, la señora sacó una sombrilla para tapar a su nieto, que siguió durmiendo hasta que abrieron el Registro.

Con un chirriar de partes metálicas se abrió la puerta de edificio, pero en lugar de que la gente empezara a entrar al Registro, un par de funcionarios fueron hacia donde estaba la cola. El primero se adelantó a su compañero, mientras que sacaba a personas de la fila aleatoriamente. No tardó en llegar hacia donde estaba Teodoro. El hombre, que llevaba un chaleco con el logo del Registro, miró a Teodoro y pasó de largo. Las personas que sacó de la cola lo siguieron al interior del Registro.

“Al pobre no lo queda más que esperar a que lo atiendan, si es que les da la gana”, dijo la señora mientras acomodaba al niño en su hombro.

Media hora después llegó hasta el final de la cola el segundo funcionario, a medida que avanzaba fue escribiendo un número en la mano de las personas con un marcador.

“Serán atendidos en ese orden, estén pendiente de cuando los llamen o no podrán entrar”, anunció el funcionario al terminar su labor. Acto seguido, volvió al Registro. Teodoro miró su mano, también rayada, y apretó los dientes: 352.

El movimiento altera la percepción del tiempo, dice el libro de Física, aunque en la realidad hay otros factores atenuantes: el calor que te pega la ropa a la piel, el cansancio por las horas de pie, la perspectiva de no ver final a la espera. Teodoro sentía el peso de la relatividad mientras veía como los uniformes verde oliva y los chalecos funcionariales desfilaban por la cola para sacar a familiares o amigos. Sólo entonces el tiempo volvía a su ritmo habitual, aunque solo fuera por lo que durara un paso.

“Hubiera traído una carpeta”, pensó Teodoro, la planilla, doblada en su mano, se estaba ensuciando de sudor y mugre donde la estaba agarrando. “Espero salir de aquí antes del mediodía. Así me dará chance de hacer un par de carreras, no será mucho, pero podría guardar esa plata para pagar las facturas de la Clínica. Ahora tendré que trabajar más si quiero cubrir los nuevos gastos. Y sin olvidar el giro que debo hacer por la cuna…”

No se atrevió a seguir el desarrollo de ese pensamiento. En su lugar se mordió el labio y se cruzó de brazos: ya no necesitaría una cuna.

Gracias al eficiente funcionamiento del aparato burocrático, a eso de las dos de la tarde por fin Teodoro pudo resguardarse del sol al interior del Registro. A pesar de que el aire acondicionado del edificio estaba dañado desde hacía dos años, en comparación a cómo estaba afuera, el calor del Registro era refrescante.

Tardó otra hora más en llegar a la cola frente a la taquilla de los notarios. Por la siguiente media hora Teodoro mantuvo la mirada fija en la caseta al fondo de la pared, atento de avanzar a medida que despachaban a las personas. Tenía desde que abrió el Registro la planilla tensa en su mano, preparada para extenderla y salir de una vez por todas de este periplo, que ya habría otros por hacer.

La viejita, ahora con el niño agarrado de la mano, tomó la cédula que le entregó la funcionaria y le dio lugar a Teodoro. Por fin. Antes de que pudiera dar las buenas tardes, la funcionaria dijo:

“Lo lamento, cerramos a las cuatro”, y se disponía a levantarse de su silla, cuando Teodoro puso la planilla en el cubículo con un sonoro golpe con la mano.

“Por favor, es algo rápido, solo necesita tramitar un Acta de Nacimiento”, dijo mientras se limpiaba el sudor de la frente.

Con notoria molestia, la mujer se volvió a sentar y tomó la hoja.

“Para ello necesita la presencia de la madre y del niño”, explicó fastidiada, se notaba que no era la primera vez que tenía esta clase de conversación.

Se acercó un vigilante, no el viejo que resguardaba la puerta, con la mano en un atomizador de pimienta.

“Señor, estamos cerrando”, dijo.

“Solo tomará un segundo”, se apresuró a decir Teodoro, cada vez más nervioso, coló la planilla en la rendija del cubículo.

“Por favor, señor, retírese”, subió su tono.

La funcionaria golpeteó el cristal de su cubículo. Teodoro se volteó.

“Tranquilo, José, no es problema alguno atenderlo”, dijo la muchacha, con una expresión significativa, su semblante cambió al mirar a Teodoro, y luego a la planilla.

Teodoro se limpió el sudor de la frente y vio como la mujer revisaba la planilla mientras consultaba unos datos en la computadora que tenía frente suyo. A mitad del proceso se detuvo y miró a Teodoro con una expresión que no podía ser de otra cosa que no fuera lástima.

“Lo lamento señor, pero escribió mal la dirección de su residencia”, dijo. “Tendrá que entrar en nuestra página web, descargar la planilla, llenarla como se debe para solicitar el documento. Tendrá que venir el lunes”.

Los negocios cerraban y el tránsito entraba en la rutinaria escaramuza de regresar a cada quien a su casa. Guardó la carpeta con los documentos debajo del brazo y metió las manos en los bolsillos, la derecha apretando el bulto dentro de la bolsa plástica. Una vez salió del Registro y se adentró en la noche se dio cuenta de que apenas había comido. Sentía como si acabara de salir de un laberinto, solo para darse cuenta que seguía sin saber a dónde ir.

Siempre con las manos en los bolsillos, fue hacia la Clínica. Mientras avanzaba se daba cuenta lo lejos que estaba. Podría simplemente doblar en una esquina para llegar a una estación de Metro, pero quiso seguir su ruta habitual, siguiendo la autopista atiborrada de humo y vehículos. El sol de la tarde dejó su huella calórica en la calle. Para cuando Teodoro llegó a la Clínica tenía la espalda pegada a la camiseta por una mancha de sudor como si le acabaran de tirar un tobo de agua. Pasó de largo por el estacionamiento.

Si en el día la recepción era oscura, al anochecer se volvía una caverna; los pocos bombillos que se mantenían encendidos titilaban. Teodoro avanzó hacia la habitación de Mileidy, seguido por su sombra deformada por las intermitencias de la luz. Estaba acostada, pálida y dormida en su cama de hospital. Parecía hecha de cera, una estatua de princesa con las manos posadas en su vientre chato, solo faltaba una rosa entre los dedos. En el mismo lugar donde lo dejó, encontró el banco y la bolsa de regalo. Se sentó. Tomó una de sus manos, ella no reaccionó, y la apretó entre las suyas, estaba fría. Dejó caer la frente en la orilla del colchón y colocó la mano de ella sobre su nuca. Permaneció así, con los ojos cerrados, permitiendo que el cansancio siguiera su curso natural. Sus hombros se agitaron. Se dejó llevar por aquella dolorosa ensoñación.

La caricia de alguien en su espalda lo despertó. Estaba confuso. Se levantó. Al lado suyo estaba la madre de Mileidy. Tenía los ojos hinchados y la misma ropa de la última vez que la vio. Le hizo un gesto para que saliera.

“¿Eres tú, Teodoro?”, Mileidy despertó.

“Si, princesa”, susurró. “¿Cómo estás?”

“Mal”, contestó, trató de sonreír, pero no fue más que una mueca lastimera.

“Ya verás cómo te pones mejor, solo preocúpate en descansar”, musitó Teodoro, volvió a tomar la mano de Mileidy. Esta vez ella la retiró, apenas tenía fuerza, como si de nieve que cae de una rama se tratara.

“Si”, dijo. Se hizo un largo silencio antes de que agregara: “Mamá, ¿te dijo algo el doctor sobre las cuentas de la Clínica? Necesitamos ponernos en eso antes de que termine la semana”.

Teodoro volvió a meter la mano en el bolsillo derecho.

“Descuida, hija”, se apresuró a decir. “Cuando Wilkerangel te visitó ayer me dijo que se encargaría de las cuentas. Me acaba de llamar para decirme que ya me hizo un depósito para las facturas y la medicina. Hasta se comprometió a encargarse del entierro. Podrán decir lo que quieran, pero ese muchacho sí que es un buen muchacho”.

Como si estuvieran a punto de pisar una mina, el aire se tensó, igual que la mano de Teodoro, engarrotada en torno al contenido dentro de su bolsillo.

“Ya veo, agradécele de mi parte”, dijo por fin Mileidy. “Ojalá podamos salir de eso pronto”.

Se giró hacia la pared, les dio la espalda a Teodoro y a su madre.

“Tengo sueño”.

Cuando ambos salieron de la habitación Teodoro le entregó a la madre de Mileidy la carpeta, sucia del sudor y mugre.

“Solo falta darle una notificación a los de la Clínica para que nos entreguen al cuerpo”, dijo él. “O al menos eso me explicaron en el Registro”.

La madre de Mileidy abrió la carpeta, los papeles estaban algo arrugados.

“¿Por eso es que no has venido a visitarla en todo el fin de semana?”, preguntó la mujer, cerró la carpeta. “¿Para conseguir esto?”

“También tuve que hacer unos negocios por allí”, dijo Teodoro.

Entonces sacó el contenido de su bolsillo: una faja de billetes de a cien dentro de una bolsa negra. Se la dio a la madre de Mileidy. Ella lo tomó, su expresión se hizo sombría.

“No habrás…”

Pero Teodoro no la dejó terminar la frase, se dio la vuelta:

“Ahora voy a ir con el doctor para cuadrar la entrega”, dijo. “Luego me iré a la casa. Es un largo camino de aquí al barrio, en especial si vas a pie”.

El depósito de los cuerpos estaba al fondo de la Clínica, en la misma ala donde descargaban las provisiones y tenían las salas de cirugía. Al igual que en el resto del lugar, los bombillos incandescentes estaban fundidos o a punto de fundirse; titilan y desdibujan sombras.

Se llevó la mano a la boca. Solo entonces se dio cuenta que se había llevado la bolsa de regalos consigo. Luego de todas estas peripecias estaba toda arrugada, como si alguien la hubiera pisado sin querer. No importa, pensaría Teodoro, puesto que rompió la bolsa mientras entraba al depósito.

Aquí las luces funcionaban, quizás demasiado. Teodoro tuvo que protegerse los ojos con la mano por el brillo. La habitación estaba tapizada de láminas de aluminio con pernos. Al fondo había una especie de mausoleo metálico a dos niveles, donde guardaban los cuerpos hasta que vinieran a reclamarlos. En medio de la habitación había dos mesas de acero. A los lados, unos gabinetes con instrumentos y frascos de diversos tipos. Cerca de un escritorio junto a la puerta había una silla con el respaldo roto. No había cuerpos en las mesas ni nadie en la habitación.

No le quedaba otra más que esperar. Fue hasta la silla y se recostó contra la puerta. Sin nada más que hacer, revisó el contenido de la bolsa de regalo rasgada: un guante de beisbol y una pelota de goma. Lo compró de segunda mano en un domingo de mercado. Era pequeño, rojo y algo gastado, pero más barato que uno nuevo. Pero ya no importaba. Lo dejó sobre el escritorio. Se llevó la pelota de goma cerca de la cara, lo suficiente para notar la imitación de costuras que la envolvía. Ya no importaba. Se inclinó hacia adelante e hizo rebotar la pelota contra el suelo. El eco del rebote era el único sonido en la habitación. Cada que la pelota llegaba a su nivel, Teodoro la agarraba y la dejaba caer otra vez.

Lanzó la pelota contra la pared al otro lado de la habitación. Esta rebotó contra ella y contra el suelo antes de regresar a Teodoro. Ahora el rebote sonaba a un lento palpitar de corazón. Ya no importa. Miró el guante. Ya no importa. Lanzó la pelota más rápido. No importa. El latido se hacía más rápido, más sonoro. No importa. Era un bonito guante. No importa. Hacía juego con el que le regaló su mamá cuando era niño. No importa. Rojo y bonito. Lanzó la pelota con todavía más fuerza, empezó a dejar marcas en la pared al rebotar. Le habría enseñado a jugar pelota. No importa. No importa. No importa. Se llevó las manos a la cara.

La pelota cayó al suelo y rodó al fondo de la habitación. Teodoro se le quedó viendo. En eso se abrió la puerta. Olor a mentol. Era el mismo médico que le había dado la planilla. Justo estaba sacando un frasquito con mentol cuando se percató de la presencia de Teodoro. Se untó mentol debajo de la nariz, se limpió y fue entonces cuando le estrechó la mano.

“Que calor hace, ¿no te parece?”, preguntó. “¿Cómo va todo, compañero?”

“Fino hasta donde se puede, doctor”, dijo Teodoro.

“Me imagino”, agregó el médico. Fue hacia uno de los gabinetes, metió el frasco de mentol y en su lugar sacó un par de guantes de látex. “¿En qué te puedo ayudar?”

Se puso los guantes.

“Verá doctor”, Teodoro buscó las palabras adecuadas. “Ya conseguí los papeles para hacer el entierro, así que necesito que me entreguen el cuerpo”.

El doctor abrió una de las gavetas del fondo, sacó una camilla de metal con un cadáver cubierto de una tela azul, igual al de las cobijas de las camas de hospital y de la ropa de los médicos.

“Ya tu sabes cómo funciona todo en este país, pana”, dijo el doctor. “En este momento la Clínica no cuenta con impresora para hacer los documentos ni los insumos para entregar un cuerpo con las normas sanitarias mínimas. Puede que tome su tiempo, más de quince días, y eso si los encargados de la morgue no tienen demasiado trabajo acumulado”, destapó el cadáver en la bandeja, lo miró un rato, lo tapó y lo volvió a meter en la gaveta. “Pero sabes qué, me caes bien, si me consigues algo para mojarles la mano te lo podría dar antes”.

El doctor abrió otro compartimiento. Esta vez llevó el cadáver a una de las mesas.

“Lo tendré en cuenta, gracias doctor”, dijo Teodoro, dejó el guante y la pelota.

Mientras salía de la Clínica pasó al lado de una pareja de enfermeras.

“Ojalá reparen pronto los congeladores”, dijo una de ellas, tenía un pañuelo en la boca. “Ya a los tres días empiezan a oler. No falta mucho para que tengamos buitres volando sobre nosotros”.

Teodoro se quitó la mano de la boca. Ya no importaba.

La caja descendió por la fosa al compás del chirriar de las poleas oxidadas. Al llegar al suelo uno de los trabajadores del cementerio se metió a la fosa para ajustar la losa de cemento, selló el ataúd dentro de su sarcófago de cemento y cabilla. Cuando empezaron a caer la tierra y las flores, Mileidy se apartó de los otros dolientes. Llevaba gafas oscuras y nada de maquillaje, resaltaba por su palidez.

Fue hacia la calle que atravesaba el cementerio. Se hizo lugar entre la conglomeración alrededor de la fosa. Algunos lloraban, otros se alejaban y otros solo cuchicheaban:

“Que locura. Nunca pensé que Teodoro sería capaz de esto. Ahora el peo será cómo nos regresamos. Nadie todavía se explica dónde consiguió una granada. Tocará salir a la autopista para conseguir un autobús. Mira a la pobre MiIeidy, está demacrada, y con lo linda que era. A lo mejor podemos conseguir un taxi. Pero no perdió el tiempo. Muchas desgracias en poco tiempo. A rey muerto, rey puesto. Siempre supe que ese muchacho era un malandro. No digas eso, pueden oírte. Menos mal Wilkerangel se hizo cargo de todo, eso es ser buen amigo. Quién diría que sería capaz de volar toda un ala de la Clínica. Primero su hijo y ahora su marido, no sé cómo alguien puede soportarlo. Vámonos de una vez, tiene cara de que va a llover”.

Mileidy pasó de largo, no quiso escuchar. Fue hacia una de las motos estacionadas en la calle. Allí estaba Wilkerángel.

“Hola, princesa”, dijo, le tendió un casco. “¿Lista para irnos?”

Ella asintió. Se abrazó a él apenas se subió en la motocicleta. Arrancó.

Mileidy se tuvo que apretar a la espalda de Wilkerángel, casi pareciera que quisiera mimetizarse con él. Mientras la moto subió por el sendero casi vertical que lleva al barrio sin detenerse, ella cerró los ojos y engarrotó las manos cerradas alrededor de la cintura de él.

La dejó al lado de la cancha, frente a la casa de Teodoro. Mileidy se bajó con dificultad, las piernas le temblaban. Mientras se quitaba el casco y se lo daba a Wilkerángel, este le agarró por la muñeca.

“Princesa, de haber sabido que la usaría para eso, no se la habría dado, quiero que lo sepas”, dijo, al ver que ella no reaccionó, la acercó hacia sí, sonrió. “He pensado hacer un nuevo tatuaje; aquí, en la espalda, tu nombre, ¿te gustaría?”

Desvió la mirada debajo de los lentes oscuros.  Hizo un intento de soltarse, pero era inútil. Sabía lo que debía hacer.

“Si quieres”, dijo y lo besó. Solo entonces la soltó.

Wilkerángel arrancó la moto y se fue. Mileidy se pasó el dorso de la mano por la boca.

La noche se acercaba junto al olor de lluvia. Mileidy se sentía débil, así que se sentó en la escalera de la casa de Teodoro, que alguna vez fue su casa, mientras veía como la oscuridad se colaba por cada recoveco del cielo, como si fuera un augurio de fatalidad. Mileidy se quitó los lentes y miró al cielo directamente con sus ojos de parpados hinchados y rojizos. Dejó que las brisas de llovizna le refrescara la mirada. Pronto comenzarían a sonar los tiros al aire, quizás se verían algunas balas dejar estelas naranjas por el cielo. Y tal vez, solo tal vez, como sus hermanas las estrellas fugaces, pudieran ser generosas y conceder un deseo, pero Mileidy descartó esa idea. Aun así, permaneció sentada en la escalera, esperando.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s