Flores por corazón

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Ya está hecho. Al principio creí que me costaría más, se supone que la vida es algo sagrado, pero solo me tomó un instante, un segundo y listo.

Ahora es que me doy cuenta de muchas cosas, sobre ti y sobre mí. Siempre he estado solo y no me había dado cuenta. Todos los que me conocieron en mi niñez afirman que fui bebé huraño, de esos que reniegan el abrazo materno. Desde siempre he sido víctima de ataques repentinos de melancolía que me llevaban a apartarme de todos, pero aún así era capaz de pequeños gesto de cariño, de reír ante un chascarrillo o de lanzarme a los brazos de mamá si me lo pedía con cara de falsa tristeza.

Pero fue tras el accidente cuando terminé de caer en la desesperanza.

Solo tengo recuerdo de lo ocurrido por lo que me dijeron los médicos cuando por fin desperté en Emergencias: iba en mi bicicleta (me gustaba dar largos paseos y no oír nada más que el silbar del viento) cuando al doblar una esquina me atropelló un carro.

Apenas desperté supe que mi mundo había cambiado.

Y no sólo por el dolor que carcomía desde la coronilla al ombligo, o que al pasear las manos por el cuerpo pude sentir esos dos bloques de yeso enfundados en mis piernas. No, algo dentro de mí era diferente, como si un alacrán se hubiera atenazado a mi pecho y le estuviera picando eternamente: todo era gris, frío, distante.

Las primeras semanas en el hospital me venían a visitar todos los días amigos de colegio o algún familiar. Se esforzaban por hacerme sentir mejor, “dentro de poco estarás como nuevo”, “ya verás que antes de darte cuenta te mejorarás”, “¿cómo te sientes?, ¿estás mejor?”.

Siempre fui muy perspicaz, no me tomó mucho darme cuenta del falso tono condescendiente de las enfermeras, o del nulo interés de los doctores que apenas sabían mi nombre por tener que leerlo en los informes médicos, o las hipócritas atenciones de mis compañeros. No podía soportar toda esa falsa atención.

“Solo vine porque mi mamá me obligó”, parecían querer gritarme cada que me buscaban tema de conversación.

Sin embargo, trataba en lo posible de corresponder a sus atenciones, contestar sus preguntas y de conversar con ellos. Pero llegaba un punto en que se me trababa la lengua, perdía el interés y los dejaba hablando solos mientras miraba la nada.

Aunque me obligaba a mantenerme cortés con mis visitantes, con el pasar del tiempo me volvía más huraño, más distante; no podía evitar que me parecieran odiosos y me desquitaba con ellos apenas se presentaba una justificación. Quería que me dejaran solo, solo con la ponzoña que me calaba hasta los huesos.

Por suerte, no tuve que hacer mucho para que se fueran: tras cumplir su cuota de empatía con el pobre niño invalido se fueron, uno por uno.

Solo cuando dejaron de llegar visitas y estuve a solas con el alacrán fui consciente de que estaba recluido a los confines de una silla de ruedas y a corredores apestosos a medicina y enfermedad. Y desde entonces mi mundo se reduce al incesante bip-bip de los monitores, las luces de neón, las batas azules, el chirrido de las camillas, las inyecciones y sueros.

La sonrisa de las enfermeras me parecían hipócritas, sentía el desprecio con que me miraban al cambiarme las sábanas, de como las inflexiones de sus voces las traicionaban al hablarme, dejando en evidencia su repulsión por aquel ser mutilado al que debían cuidar.

Cada vez más el escorpión se atenazaba en mi pecho, creando una cabida para seguir mando su veneno, que iba asimilando hasta que mi sangre se hizo ponzoñosa.

Y no me importaba: a pesar de saberme odiado, a pesar de saberme no querido por nadie, no atendía al mundo que me rechazaba.

¿Por qué te cuento todo esto? ¿Por qué me empeño en recordar?

Porque eres la responsable de que me haya dado cuenta de mi tristeza: solo tuviste que obsequiarme con tu sonrisa de luz una de esas florecitas de papel que de seguro aprendiste a hacer en la escuela y que le dabas a cualquiera.

Era tu primera cita con el cardiólogo, saliste alegre y entonces me miraste y sentí como el escorpión se escondía deslumbrado por el sol que eras. Solo eras una niña que apareció de la nada mientras daba una vuelta aprendiendo a usar la silla de ruedas. Pusiste la flor en mi regazo, una sonrisa inocente y regresaste a jugar con los demás pequeños. Te fuiste y yo me quedé. Y esa noche lloré aplastado por el peso de mi desesperanza.

¿Por qué me dejé conmover por aquel gesto carente de significado alguno?

A partir de entonces te esperaba cada domingo a que salieras de tu chequeo. Al principio te rehuía, aferrándome en vano a las paredes de mi jaula de soledad. Mientras, tú, inmune a mis desplantes, insistías en tirar los muros de mi escondite.

“Me caes bien, me gustas”, me dijiste aquella vez, y tus palabras hicieron eco en mi mente hasta dormirme.

Aún ahora, al tomarte de la mano, siento aquella misma calidez de aquella vez, la siento e intento devolverte algo del calor que me obsequiaste ¿o será que estás tan rodeada de amor que mis intentos de demostrarte mi cariño pasan desapercibidos? No importa, solo quiero que sepas que soy capaz de hacer lo que sea para resguardar la única flor de desierto de mi mundo.

Desde mi habitación te veía jugar con otros niños; gravitaban a tu alrededor, sirviéndose de tu alegría. Otras veces te escuchaba reír llevada de las manos de tus padres, yéndose de este triste hospital y sus tristes habitantes. Y yo te esperaba hasta el próximo domingo, y cada domingo hacías más luminoso el hospital. Existí así muchos años, viviendo solo cuando aparecías.

Te sentabas en mis piernas inútiles y te llevaba de paseo por los corredores que de repente me olían a girasoles. Luego creciste y empujabas mi silla, íbamos al jardín y te leía. Ya no te sentabas en mi regazo ni me abrazabas como antes, pero con verte crecer de domingo en domingo era feliz.

Y por un instante pensé –sacando las manos de mi calabozo abandonado por el tiempo– que todo seguiría así para siempre. Pero entonces el puente que construiste para liberarme de la soledad se desmoronó bajo el sonido de las sirenas de la ambulancia y la roja luz parpadeante: Terapia Intensiva…

“Apártense… ¿ustedes son los familiares?, no hay mucho que podamos hacer… transplante… no… disponible”, escuché sin querer a los doctores hablando con tus padres, desolados igual que yo.

Hostigado por las exigencias desesperadas de tus padres, no pude seguir allí. Tenía que irme, alejarme y tratar de no creer en lo que estaba pasando. Pero el alacrán había despertado. Caí en las más abyecta negación: dando vueltas como un poseso por los corredores pestilentes a degradación movía las sillas de ruedas solo para alejarme del lugar donde se desmoronaba en único rayo de luz que llegaba desde el abismo en que me había convertido.

Haciéndose sentir, el alacrán pico con fuerza infernal, inundando mis venas con su veneno de lava. No podía ver lo que ocurría, pero tampoco podía alejarme demasiado de tu lado: cualquiera que se hubiera dado cuenta de mí presencia se habría dado cuenta de cómo rondaba alrededor de su habitación cual patrullero.

Al final cerraron las puertas y obligaron a tus padres a irse a los cuartos de las visitas. No tuve más opción que ir a mi alcoba y sentir el menguar del sol y la conquista final de la penumbra.

¡No! No podía ser así. Salí a trompicones, azuzado por las fuerzas de una convicción que no sabía que tenía.

Y aquí estoy ahora… al final del camino… despidiéndome…

…gracias por el sueño de todos los domingos, pero ya es hora de despertar… gracias por la fantasía de creerme querido… desde un principio era muy tarde para mí, el veneno ha empezado ha hacer efecto… lo tuve que hacer, y llorarás…

Ya dejé todo por escrito… me iré a un lugar donde me encuentren rápido, no hay tiempo que perder…

…solo hizo falta un frasco de pastillas en un mal sitio… para cuando despiertes ya no estaré… y creo que solo tú te darás cuenta de mi ausencia… llorarás y me odiarás… pero no estés triste por mi culpa… te mentiría si digo que no tengo miedo, pero ya está hecho… no estés triste por mí… cada vez que rías, cada que llores, que ames y te acongojes… cada vez que compartas tu luz con el mundo, yo estaré allí…

Ya está haciendo efecto…

Solo te pido una cosa… cuando puedas deja en mi tumba una de tus flores de papel amarillo…

Y te lo suplico, no estés triste por mí…

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14 comentarios en “Flores por corazón

  1. Me ha gustado mucho, es bastante intenso y desesperante, llegas a sentir la angustia del protagonista y están muy bien presentados los acontecimientos. Por poner un pero, el espacio entre los párrafos, visualmente creo que es más aceptable mantener el mismo espaciado y en tu cuento creo que abusas un poquitín del doble espaciado. Sigue dando rienda suelta a tu creatividad. Nos leemos. Un saludo.

  2. Excelente relato, tiene mucha fuerza expresiva, logras que el lector se identifique con el personaje y hasta comprenda su dolor. Muy bueno, felicitaciones.
    Un abrazo.

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